¿Las autoras y autores crean para sí mismos o para otros?¿Quienes componen deben de pasar por un filtro sus sentimientos o agentes creativos? Y si hubiese filtro, ¿quién o quiénes deciden si un elemento es necesario o no o si es aceptado o rechazado?
Muchas de estas preguntas me han rondado la mente en los últimos años desde mi inclusión en el mundo de la canción de autor. Además de ello, son muchos los géneros o subgéneros musicales que se han asentado en la industria musical y, por tanto, en la sociedad. Este último elemento hace pensar que, si visualizamos la música como un medio transmisor, la ampliación de géneros musicales hará más fácil la recepción del mensaje, ya que a mayor variedad de medios mayor será el alcance del mensaje.
Quizás todo esto pueda ser y/o parecer difuso, pero me quiero centrar en un punto en concreto, en la transmisión de valores que ejercen los autores sobre quienes los reciben utilizando la música, como comentaba con anterioridad, a modo de vía directa entre emisor (autor) y receptor (oyente). Según la Doctora Cecilia Azorín, docente e investigadora de la Universidad de Murcia, en su trabajo sobre “Educar en valores a través de la música en una escuela para todos” (2012), se observa en este experimento cómo el alumnado implicado, y también el profesorado, muestra cambios en valores tras 7 sesiones de trabajo. En los resultados, quedó constancia de que el trabajo con música despertaba el interés de los discentes generando a su vez la reafirmación de que la música educa en valores. Por si no fuese poco, Juan Narain-Mohinani Lucena, estudiante de Doctorado en el Departamento de Psicología de la Universidad de Córdoba y Graduado en Educación Primaria con Mención en Educación Musical por la misma universidad, ha sido otro investigador que ha vinculado el aprendizaje con la música como factor que facilite la comprensión y/o recepción del conocimiento. Sus estudios se han vinculado con los fenómenos de Bullying y Cyberbullying visualizando a su vez a la formación musical como vía para la erradicación de este problema. Concretamente, en su estudio sobre “La influencia de la música en la educación en valores: el valor formativo del coro” (2016) estudia el valor formativo musical y socio-afectivo (además de psicológico, cognitivo e inclusivo) que entraña formar parte de un coro. Tras su investigación, concluye que “en cualquier contexto social, la música coral permite generar un clima de inclusión, convivencia, diálogo, resolución de conflictos, [...]. Las futuras investigaciones deben ir encaminadas a desarrollar proyectos comunes para que todos los centros escolares oferten la posibilidad de formar parte de un coro como una actividad imprescindible, pero siempre voluntaria, dentro del currículo educativo.”. En definitiva, dos expertos en la temática socio-educativa que ven en la música un elemento facilitador en la transmisión de valores y conocimientos.
Una vez dicho esto cabe entrar en el tema central: ¿quienes componen tienen en cuenta si lo que transmiten tendrá connotaciones nocivas o negativas para quienes les escuchan? Posiblemente la respuesta a priori sería “depende” aunque en realidad nunca lo sabremos.
Como comentaba al principio, son muchos los géneros y subgéneros que han cubierto los medios de comunicación y las listas de reproducción de muchas personas. Del mismo modo, son muchos los creadores e intérpretes que aparecen transmitiendo mensajes similares según al género musical al que estén vinculados. Por ejemplo, la musicóloga Antía Seijas, en un podcast del programa “Anónimo IV” (“El Trap”), señala que son artistas que no trabajan tanto con la música sino con la imagen (videoclips) y que sus letras parecen ir vinculadas, en un principio, a una “clase media baja” o “clase baja”. En otras palabras, sus temáticas tratan sobre drogas, prostitución, mujeres, delincuencia, etc. Aunque no todos estos artistas hablen sobre lo mismo es una mayoría muy extensa la que si lo hace. Del mismo modo, tanto la música rock como la música latina (bachata, merengue, reguetón,...) han sido géneros criticados, en los últimos sobre todo, por sus letras políticamente incorrectas o sus connotaciones machistas y/o misóginas. Un ejemplo claro de ello es el suceso ocurrido en el concurso “Operación Triunfo” con “Quédate en Madrid” de José María Cano para ser interpretada por Ana Torroja en Mecano. En la letra de este tema, que iba a interpretar la concursante María Villar, se encontraba la palabra “mariconez” la cual suprimió la intérprete de “OT” ya que, según ella, “es un insulto muy homófobo”. En respuesta a ello, la intérprete original de Mecano rechazó rotundamente dicha acción y señaló que esa obra tiene una autoría y creador, invalidando por tanto cualquier modificación de la misma. Por otro lado, son innumerables las letras machistas o sexistas evidenciadas en diferentes géneros musicales, ya no de otra época, sino de composiciones recientes. En este último caso, se puede destacar las “técnicas de seducción” sin consentimiento de Romeo Santos o la preocupación de Químico Ultra Mega con su “Se Rompió El Condón” que, al igual que la película “Serpientes en el avión”, dirigida por David Richard Ellis, deja clara la temática.
Al analizar todos estos elementos cabe hacer la pregunta más complicada: entonces, si un compositor o intérprete quiere presentar un tema u obra, ¿debe de ser políticamente correcto, debe de tener en cuenta las consecuencias que conllevase la interiorización de un mal mensaje o simplemente se debe de confiar en que la madurez de los oyentes es suficiente para despreocuparse de estas trabas? Aquí quizás la pregunta sea más complicada a priori pero a la vez sencilla. Es decir, claramente el artista desconoce por completo la madurez de sus oyentes, más aún si sus obras se encuentran en plataformas virtuales de acceso internacional como YouTube, Spotify,... Pero del mismo modo pueden saber qué mensaje quieren transmitir al mundo, es aquí, bajo mi punto de vista, donde nace la “responsabilidad musical”. Si sientes que existe un alto índice de homofobia es posible que tus letras se vinculen a naturalizar la relación entre personas del mismo sexo, a semejarlas con las relaciones heterosexuales o incluso a exponer el dolor de quienes no pueden disfrutar de una relación homosexual por el rechazo social o su penalización social y/o jurídica. En cambio, desde otro enfoque, se puede tratar de buscar esa aceptación mediante la imposición de una relación ante la otra, mediante la amenaza a quienes la rechazan o incluso por medio de una desnaturalización de la heterosexualidad. De la misma forma, se podrían ver estas y muchas otras posturas en la temática de violencia de género, racismo o capitalismo así como en la igualdad de género, la multiculturalidad o el colectivismo, entre otros temas. En otras palabras, como dice la frase célebre “para gustos colores”.
Para finalizar, me gustaría señalar que, en cualquier caso, los autores deben de tener en cuenta que niños, niñas, adolescentes y, en general, la población joven son un colectivo vulnerable, es decir, se encuentran en pleno crecimiento tanto intelectual como cognitivo y emocional. Es por ello que cualquier elemento puede suscitar, sobre todo en este sector de la población, intereses o rechazos extrínsecos sin que sean conscientes de ello y, por ende, junto a la capacidad de la música como catalizador del aprendizaje, puede forjar esquemas mentales o pensamientos que confronten con su educación socio-afectiva , entre otros elementos. Con ello no quiero decir que se tenga que medir cada verso o palabra ni que la mente de la población joven (y algunos adultos) sea como jarrones de porcelana que hay que tratar con la mayor de las delicadezas. Más bien, trato de señalar que la composición musical y la propia poesía deben de plantearse en algunos casos unos márgenes si su objetivo es hacer un bien social, dar una bocanada de aire fresco a sus receptores, transmitir un mensaje de apoyo o incluso una emoción o sentimiento. Por otro lado, quienes simplemente quieran contar una visión del mundo, les insto a que tengan en cuenta en sus creaciones o interpretaciones el mensaje que transmiten y que podría gestarse en la sociedad en un futuro a largo, medio o puede que hasta corto plazo.
Nota: este es un pequeño atrevimiento, posiblemente precario, hacia alguna que otra hipótesis ocurrente que tengo en el panorama musical y que, en momentos como este, considero necesario compartir. A su vez, me encantaría recibir un feedback, en bases del respeto claramente, para poder mejorar, crecer y conocer mejor este entorno que nos rodea.
FUENTES
Azorín, C. (2012). Educar en valores a través de la música en una escuela para todos. Línea Temática: 1. Experiencias pedagógicas e Innovación en ámbitos educativos no universitarios. Murcia, España.
Lucena, J. (2016). La influencia de la música en la educación en valores: El valor formativo del coro. Córdoba, España.
Anónimo IV (2018). [podcast] El Trap. Recuperado de: https://open.spotify.com/episode/4gfEihsKj1d1lsCragKccq?si=rxbg6NkUQ5SMB8lwWLcZ9g [Acceso 27/01/2019].
Fariña, N. (2018). La manipulación de una canción de Mecano en ‘OT’ hace estallar a Ana Torroja. [web] EL PAÍS. Recuperado de: https://elpais.com/elpais/2018/10/13/icon/1539426264_522034.html [Acceso 27/01/2019].
ABC. (2018). El «Mariconez Gate», la polémica que ha hecho saltar por los aires «OT 2018». [web] Recuperado de: https://www.abc.es/play/television/noticias/abci-operacion-triunfo-ot2018-mariconez-polemica-maria-ana-torroja-201810170141_noticia.html [Acceso 27/01/2019].
